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das Mystische 2.1

DESAHOGO

“Hay una mística que considera a los astronautas como superhumanos, pero no lo son”.

John Pike, analista espacial de security.org.

Ser astronauta en la tierra. Luis Miguel Ariza.

***

Me lo digo a mí mismo:

“Como el Régimen que padecemos se asienta en la fe y cultivo de una Vida Privada y una Moral Personal, parece que una política de la gente contra el Poder debe ante todo atacar y disolver la institución del Individuo (el Hombre), y para eso la vía más cierta y eficaz es seguramente la de analizar el 2 en 1, la institución de la Pareja, que no en vano alcanza más preponderancia que nunca bajo este Régimen, como que, centrándose la Administración del Amor en ella, sobre ella afirma su dominio el Capital-Estado”.

Agustín, aquí, justo al lado, desaprendiendo con fuerza lo aprendido, deconstruyendo entuertos.

Y si florecen o no los cerezos, si subes o bajas o resbalas, nada le afecta a mis sueños. ¿Acaso pienso que el defensor del lector también actúa en mi contra? ¡Acabáramos! “Las faltas de ortografía –dice el señor Larraya- ensucian el mejor texto y generan cuando nos las afean una irremediable vergüenza”. ¿No será mi vida, según esto, una vergonzosa, irremediable, falta de ortografía?

Así, con la vara de medir equivocada, voy recorriendo el mundo.

A GARROTAZOS

En ocasiones, me da completamente igual en qué términos se plantea la pregunta. Que se nos diga, por ejemplo: ¿qué es el arte?, o que se transforme la pregunta, como hizo el filósofo Nelson Goodman, y se nos formule, apelando quizás al misterio del tiempo: ¿cuándo es el arte?

A veces, las necesidades son otras, bien distintas, y de nada sirve ya la ayuda de la Estética o de la Filosofía que intenta aclarar las cuestiones derivadas de la Estética. Entonces, en estos casos, cuando de nada sirve la teoría, suelo recurrir con urgencia a aquella frase excelente que Dean Jokanovic Toumin dejó escrita para la exposición La belleza del fracaso/El fracaso de la belleza, comisariada por Harald Szeemann con motivo del Fórum 2004, aquella frase con la que el artista de Sarajevo daba respuesta, de manera convincente, al poder seductor de estas preguntas. “Si queréis saber dónde está el infierno –dejó escrito Dean Jokanovic- preguntad al artista. Si no encontráis al artista es que ya estáis en el infierno”.

Toumin depositó este mensaje en el interior luminoso de una botella moderna, a escasos centímetros de nuestra isla, y en el interior del cuerpo artístico de una caja de luz que anticipaba, a su manera, la intuición artística de uno de nuestros mejores sociólogos: “la patria es el lenguaje –confirma ahora Vicente Verdú-, pero más desesperadamente: la patria es la luz local”. A Verdú le ataca con fuerza el virus de la poesía, certeramente, acertadamente, y al observar las infinitas luces que nos rodean cree encontrar en ellas la característica esencial de nuestro medio ambiente: “todo mundo –asegura- se plasma como un cuadro y su dolor o su belleza penetra, incluso sin figuras ni aderezos, por el impulso de su luz”. El lenguaje, en cambio, no consigue que los habitantes del mundo hablen el mismo idioma; los seres humanos no se entienden, o se entienden a medias, pero la luz manifiesta la verdadera patria común a todos ellos.

Como una ilustración eterna de la historia de España, Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya y Lucientes, ejemplifica esa luz que ilumina a los protagonistas irracionales de una pesadilla; las pesadillas no son exclusivas de esta parte del planeta, de acuerdo, pero este tipo de iluminación, exquisita, ha hecho de nosotros verdaderos especialistas en la materia. ¿Puede la luz, por tanto, siguiendo este criterio colorista, ser negra, aproximadamente negra?

“Hay algo más que me parece importante –recordaba hace poco E. L. Doctorow, escritor norteamericano autor de La gran marcha-, y es que el efecto de las guerras civiles, a diferencia de otro tipo de guerras, persiste a lo largo de muchas generaciones. Las guerras civiles no se olvidan fácilmente, tal vez nunca”.

Cuando Pablo Méndez Gallo, también Sociólogo y Doctor en Filosofía, pregunta si el actual estado de crispación responde a una estrategia más o menos estructurada de los dos partidos mayoritarios (“objetos con masa” los denomina Méndez Gallo, siguiendo la pista de la física newtoniana) para captar y mantener la atención de un público necesitado de sensaciones fuertes y así evitar el zapping político, la luz natural parece cambiar repentinamente de sentido, pero son muy pocos los que, a raíz de este nervioso interrogante, se dan por aludidos. De ser la bronca como la pinta Méndez Gallo, la discusión podría encuadrarse dentro de límites lógicos, seguros y privados; pero si observamos con detenimiento el desaguisado, enseguida nos ataca una nueva batería de preguntas. Por ejemplo: ¿cuántas porciones de oscuridad, crispación, fuera de los límites, podemos soportar entre nosotros, descerebrados? Y ésta otra: ¿es la crispación tan antigua, contagiosa, hereditaria?

Donde termina la luz, cautiva y desarmada, también se acaba la posibilidad necesaria de una respuesta. Apenas si se aprecian los matices, clausurados, y no sobrevive el mundo, la representación, el cuadro.

EL JUDÍO DE LINZ

EL JUDÍO DE LINZ

Curso de 1904-1905. ¿Quiénes son estos críos que muestran su pequeña personalidad a la mirada curiosa de la cámara? Ludwig y Adolf, Adolf y Ludwig. Aquí habitan los dos personajes, imprescindibles, de esta historia. Y, sin embargo, la biografía oficial señala que apenas si se rozaron: no hay pruebas –asegura- de que existiera ninguna relación entre ellos. De Wittgenstein, por ejemplo, se conservan sus notas escolares: es un estudiante bastante malo, un auténtico desastre. Y Hitler, por su parte, tampoco parece superarle: apenas aprenderá de uno de sus profesores, Leopold Pötsch, la semilla incipiente de la Weltanschauung, el atractivo nacionalismo Völkisch del movimiento pangermánico. Pero nada apunta, más allá de esta imagen, que nuestros protagonistas mantuvieran relación alguna.

Sin embargo, en la versión imposible de Kimberley Cornish, la cuestión se complica. La niñez compartida con el diablo, en las oscuras dependencias de la Realschule de la ciudad de Linz, parece cobrar vida. ¿Qué puede haber de cierto en esta inquietante pesadilla? Tertuliano, un teólogo que vivió en Cartago alrededor del año 200 de nuestra era, escribió a propósito del cristianismo: certum est, quia imposible; es decir: es cierto porque es imposible. Como todo en esta historia. La niñez compartida con el diablo en las oscuras dependencias de la Realschule de la ciudad de Linz, a sólo un paso del infierno. A apenas unos centímetros de ese rostro rígido, helado, que va alcanzando poco a poco el grado amenazante del enfado.

Al parecer, Ludwig habría traicionado a Adolf en el transcurso improbable de alguno de sus juegos infantiles. Y Adolf habría jurado venganza, infantil venganza, contra todos los judíos de la tierra. La historia, años más tarde, mostraría su lado más terrible a una humanidad ya acostumbrada al juego interminable de los actos terribles. Y Ludwig Wittgenstein, en la versión de Kimberley Cornish, habría ocupado un lugar destacado, desconocido, como inspirador original de una matanza.

La lista de actividades del bueno de Ludwig, a lo largo y ancho de su vida, provoca sin duda una ligera sensación de vértigo: filósofo, músico, ingeniero, arquitecto, matemático, lógico, soldado, jardinero, maestro, enfermero… Pero si seguimos la pista aventurada por Kimberley Cornish (The Jew of Linz, Wittgenstein, Hitler and their secret battle for the mind) todavía encontraremos un motivo más con el que seguir alimentando, aún hoy, nuestro desmedido asombro. Wittgenstein, según la escritora australiana, habría sido el quinto espía británico (Guy Burgess, Donald MacLean, Kim Philby, Anthony Blunt…) al servicio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, surgido de las aulas de la Universidad de Cambridge: la vieja Sociedad de los Apóstoles, aristocráticos y comunistas, a las órdenes de José Stalin. Según esto, Ludwig habría inventado a la bestia por medio de una traición sospechosa y lejana; pero también habría colaborado en su destrucción milagrosa, definitiva, gracias a las artes místicas de la discreción y el silencio. El judío, el místico y el espía habrían compartido, por ello, el destino reservado a los grandes héroes. Y el famoso filósofo ocuparía allí un segundo plano, olvidado, apenas insignificante, eclipsado por las hazañas verdaderas del hombre.

SIN NOTICIAS DEL TIGRE

Los datos útiles, dicen, los datos contrastados que facilita, eficaz, la enciclopedia. ¿Convocar y causar un tigre?, pregunta alarmado el periodista. ¿Un tigre terrible a tan sólo unos minutos de casa? “En la infancia –escribió Jorge Luis Borges, especialista en fieras- yo ejercí con fervor la adoración del tigre: no el tigre overo de los camalotes del Paraná y de la confusión amazónica, sino el tigre rayado, asiático, real, que sólo pueden afrontar los hombres de guerra, sobre un castillo encima de un elefante”.

En un principio, los ojos del niño Borges pasaban con perfecta rapidez de la imagen real a la imagen doble, imaginaria; pero, pasado un tiempo, ante la imposibilidad de originar tigres rayados, asiáticos y reales, Borges se dejó llevar, felizmente, por las posibilidades creadoras del sueño. “Suelo pensar entonces: éste es un sueño, una pura diversión de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre”. Así, desde el lugar de la infancia de Borges, podemos asomarnos, tranquilamente, al balcón de papel oculto que se aloja en el bosque de las palabras. Y, desde ese punto seguro, a pesar del estúpido calor que amenaza con deshacerlo todo, observar los picos vacíos, semidesnudos, de la Sierra de Guadarrama. ¿Convocar y causar un tigre? ¿Un tigre terrible a tan sólo unos minutos de casa?

La Sierra de Guadarrama –dice la enciclopedia- es una alineación montañosa perteneciente a la mitad este del Sistema Central (sistema montañoso del centro de la Península Ibérica) situada entre las sierras de Gredos (Ávila) y de Ayllón (Segovia y Guadalajara). La sierra se extiende en dirección suroeste-noreste (¡la exactitud de los puntos cardinales!) y alcanza con sus dedos desplegados las provincias de Madrid, al sur, y Ávila y Segovia, al norte. Después de repasar la flora y los bosques de pino silvestre, los robledales y encinares, los pastizales y los arbustos de alta montaña, la enciclopedia enumera las distintas especies animales que habitan en sus poderosas tierras: ciervos, jabalíes, corzos, gamos, tejones; mustélidos, gatos monteses, zorros, liebres; el águila imperial; el buitre negro… Pero la imagen del satélite apenas si acierta a esbozar, con muchas dificultades, un punto difuso e insignificante, una mancha diminuta y extraña que no parece interesar a nadie. Nada parece indicar, por tanto, que tenga allí su morada ese animal nocturno y tenebroso. Nada parece anunciar motivos para el desasosiego o noticias del tigre.

El Tigre del Guadarrama (y esto, en cambio, no lo señala la enciclopedia) fue causado por Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja a principios de la década de los 80’, siguiendo, claro está, las recomendaciones del maestro. La importancia del Tigre del Guadarrama en la mitología madrileña es tan sólo comparable al peso de la figura del Minotauro en las mitologías complejas. Especialistas en fieras y azote de bestias, las Vainica Doble escribieron la que muchos consideran, sin temor a equivocarse, la canción más triste de la historia. Allí, en esa estela azul atiborrada de muertos y rapaces exigentes, el tigre se levanta orgulloso reclamando en silencio su enorme ración de poesía. Pero sólo los que sintieron el aliento verdadero del tigre, y sobrevivieron a ello, pudieron conservar el significado certero de las palabras. El Tigre del Guadarrama se llevó por delante a muchos de los mejores atletas de aquella carrera brutal, salvaje y despiadada. Y dejó a muchos otros malheridos vagando como zombis en la noche, Antares y Alniyat en sus cabezas, señores del poder y del abismo.

BLACKOUT

“La multitud que se fue concentrando ordenadamente en los alrededores de la estación de Charing Cross tras producirse un corte de suministro eléctrico no aparentaba una gran preocupación. Muchos no parecían considerar aquella avería como nada fuera de lo habitual: aquélla era para ellos una prueba más en la de por sí dura experiencia del desplazamiento diario hasta el lugar de trabajo. Algunos, puede que agradeciendo incluso aquel súbito trastorno de su rutina cotidiana, se dirigieron a las cafeterías y librerías de las proximidades, donde, poco a poco, se fue haciendo evidente que no se iba a reanudar el servicio normal hasta transcurrido un buen rato. A algunos se les oyó mascullar algo acerca del apagón que había dejado a Nueva York y a buena parte de la costa este de Estados Unidos a oscuras, pero nadie se dejó llevar por el pánico”.

John Gray - Cuando se para la máquina


E la nave va…

HEREJÍA

Todo el mundo sabe que, para escribir una buena historia de ciencia ficción, no es preciso situar ésta en un mundo tecnológicamente avanzado o en un futuro muy lejano. Como aconsejó Philip K. Dick, basta con imaginar una sociedad que no existe de hecho, pero que se basa esencialmente en nuestra sociedad real. Este mundo debe diferenciarse del real –apuntaba Dick- al menos en un aspecto que debe ser suficiente para dar lugar a acontecimientos que no ocurren en nuestra sociedad, o en cualquier otra sociedad del presente o del pasado. Esta sociedad debe transformarse, pues, sin causa aparentemente justificada, a partir de la nuestra, y dar lugar a un nuevo mundo familiar y sorprendentemente extraño.

Si la historia generada a partir de aquí conjura o no alguno de los numerosos peligros que nos acechan es una cuestión que, en principio, no se detalla en el noble manual de la escritura. La enciclopedia personal no es, ni mucho menos, una herramienta exclusiva de internet (a pesar de los correos electrónicos que nos envía obstinadamente don Umberto Eco). La enciclopedia personal, intransferible, es la señal inconfundible que anima la posibilidad de todos los senderos. Y con ella de nuestra parte, cada uno calza el piano con aquello que tiene más a mano. ¿Cómo no va a extraviarse uno, cualquiera de nosotros, en ese laberinto total y desquiciado? La melodía resultante, a veces, es una mezcla embriagadora de barroco tonal, apocalipsis dodecafónico y ensalada electrónica. ¿Qué pasaría si nunca pasase nada?, pregunta hasta la saciedad la publicidad propagandística y capciosa.

A principios de 2004 el escéptico Bjorn Lomborg declaraba: “El calentamiento no es el primer problema global”. ¡Qué curioso! The Skeptical Environmentalist no parecía a primera vista una obra de ciencia ficción, pero Lomborg, cuanto menos, descuidaba las enseñanzas de la mejor versión científica bosquejada por el experto medioambiental Freeman Dyson. Éste, desde su propia enciclopedia personal (New York Review of Books, de 13-02-2003), había declarado: “La bioesfera es lo más complicado a lo que tenemos que enfrentarnos nosotros los humanos. La ciencia de la ecología planetaria es aún joven y está subdesarrollada. No debe extrañarnos, pues, que expertos honrados y bien formados e informados puedan estar en profundo desacuerdo sobre los hechos”. Y Lomborg, además, se aventuraba incluso a repartir concluyentes sentencias, en un ejercicio de optimismo estadístico que despistaba al más pintado: “Podríamos estar mucho mejor –afirmaba el danés-, pero avanzamos en la dirección correcta”. Y más tarde: “Y los indicadores ambientales mejoran”.

Ahora, en apenas dos o tres años, la situación parece haberse transformado radicalmente. Hecho y valor se anudan íntimamente en los juicios de unos y otros, pero parece que, al fin, el consenso es concluyente: la tierra, el aire y el agua –informa el Panel Internacional para el Cambio Climático- han sufrido un serio calentamiento. El efecto neto de las actividades humanas desde 1750, el uso de combustibles fósiles y el cambio en la utilización de los terrenos es el responsable, en parte, de esta transformación evidente. Y, de seguir así las cosas, no está nada claro quién heredará la tierra o qué tierra o porción de nuestro planeta, dentro de cincuenta o cien años, estará en condiciones de ser heredado. ¿Qué es lo que ha cambiado en este corto espacio de tiempo? ¿Quiénes son los encargados de escribir esta excelente novela de ciencia ficción?

El juego del cambio climático se practica, por lo demás, con las mismas reglas y en los mismos escenarios donde se dirimen los más importantes conflictos de nuestro tiempo: el juego del aumento demográfico, por ejemplo, el de los cuellos de botella, el de la guerra del agua y los recursos… Es, como señala el profesor John Gray, una causa directa del desarrollo infalible de la ciencia y de nuestra idea (occidental, tecnológica y laica) del progreso. La realidad del progreso científico –escribe Gray- se demuestra en el poder cada vez mayor de la especie humana. Pero, curiosamente, este poder temible no nos hace ni más felices, ni más racionales, ni mejores. “Los filósofos pueden disputar sobre la validez del conocimiento científico; los antropólogos culturales pueden representar la ciencia como un sistema más de creencias; pero, de cara al hecho del crecimiento del poderío humano, el escepticismo acerca de la validez del conocimiento científico resulta inoperante”. El conocimiento, por tanto, de la mano de la ciencia, ha generado un poder decisivo; pero no ha evitado la existencia de una balanza equilibrada donde conviven, en igualdad de condiciones, evidentes ganancias y amenazantes pérdidas.

Éste viene a ser, más o menos, el mensaje de la nueva herejía, el mensaje del profesor de la London School of Economics John Gray. Y ésta es una visión herética porque, le pese a quien le pese, en nuestros días, no resulta nada fácil percutir de esta manera en contra del conocimiento, la ciencia y el progreso. Además, John Gray, en muchos de sus artículos, no deja certidumbres en pie ni títere con cabeza. Una ilusión con futuro, titula su nueva novela de ficción. Y la tesis que nos presenta se abre ante nosotros como una flor otoñal, venenosa y marchita: la desoladora constatación de que todos, sin excepción alguna, han estado jugando a un mismo juego. “Cada quien a su manera, Hegel y Marx, Bakunin y Mill, Popper y Hayek, Habermas y Fukuyama predican la misma fe: el conocimiento liberador; la ciencia puede usarse para crear un mundo mejor que cualquiera que haya conocido la historia”. ¡Lástima que ninguno de ellos se haya detenido, al menos por un momento, en el mito bíblico de la expulsión de Adán y Eva del paraíso!

Por todo ello, la cansina pregunta del Ayuntamiento de Madrid no acierta a mantener el interés genuino de la audiencia. ¿Qué pasaría si nunca pasase nada? “Podría ser que los cambios en los hábitos de pensamiento que son necesarios –concluye Gray- estén más allá de los poderes humanos. Debemos nuestro éxito evolutivo parcialmente a nuestra capacidad para la negación. En el fomento de la supervivencia humana, la esperanza ciega ha sido a menudo más útil que una estimación racional del peligro. Hoy, la tendencia de eliminar del pensamiento consciente los problemas que enfrentamos se ha vuelto en sí peligrosa, pero es una tendencia que está alentada en una cultura que premia el confort emocional por encima de todo lo demás. En el peor de los escenarios que ahora se muestran cada vez más reales, el resultado podría ser un cambio en la manera en que vivimos que no tiene precedente en la experiencia humana”.

Oponerse, en filosofía (¡nuestra imprescindible capacidad de negación!), ha sido siempre una cuestión de honor; la pregunta, en cambio, es casi siempre la misma. ¿Una transformación sin precedentes en la experiencia humana? ¡Cáspita! Esto se pone interesante. La transformación del mundo en manos de John Gray (la mejor novela de ciencia ficción que se avizora en el horizonte), es una noticia excelente, preocupante y, a la vez, terriblemente doméstica.

CLIMAPAISAJE

Aprovechando un descuido de los energúmenos (¡mis hijos!), golpeo con fuerza el interruptor de mi habitación y la dejo completamente a oscuras. Después les ordeno que hagan lo mismo en las suyas, que apaguen la televisión, el video, el ordenador, el frigorífico, el microondas, la lavadora, la calefacción, etcétera, y que vengan a sentarse a mi lado en la oscuridad de las últimas sombras. Evidentemente no llegamos a tiempo de apagar todos los aparatos electrónicos, pero esto tampoco me preocupa demasiado. A veces, sin saber bien porqué, me dejo arrastrar por las reglas de lo “políticamente correcto”, y sí, parece que lo del cambio climático va en serio, que hay que hacer algo, sin duda, y que tengo que empezar por aleccionar a los energúmenos… Pero luego, enseguida, me doy cuenta de que estoy jugando a un juego evidentemente absurdo, imaginario. Los chicos apenas si aguantan un par de minutos a oscuras; no tardan en volver a encenderlo todo. Y yo me pregunto angustiado: ¿sobreviviríamos, si fuera necesario, a un universo sin todas estas prótesis artificiales, electrónicas, a las que sin duda ya nos hemos acostumbrado?

Además, hay algo que me llama profundamente la atención y que ataca sin piedad, una y otra a vez, al núcleo desprotegido de mi pobre cabeza. Una de dos, pienso: o la cosa es ya terriblemente seria, casi irreversible, o vuelven a intentar engañarnos como a bellacos. ¿Qué hace ahora el tío Bush –me pregunto-, y General Electric, Alcoa, Dupont, Duke Energy, Caterpillar, BP América, Siemens, etcétera, exigiendo con urgencia una legislación que “reduzca significativamente los gases causantes del efecto invernadero”? “El nombre tradicional de aquel mes –escribió Ross Gelbspan- era enero. El verdadero es calentamiento global”. De acuerdo, así hemos aprendido la lección, pero ¿y ahora éstos? No lo hemos hecho nunca antes, ¿por qué tendríamos que fiarnos de ellos? Veamos. Etanol y Carbón líquido en lugar de la malvada gasolina. ¿Una alternativa estratégica en ciernes? ¿Un inesperado cambio de paradigma? La ciencia parece al fin haber convencido a la pesada industria del sistema, pero ¿y si las cosas no fueran tan terribles como ahora quieren pintarlas?

En un post de 11 de mayo de 2006, Antón Uriarte, climatólogo, comentaba un titular de El Diario Vasco de aquellas fechas y el contenido devastador de una de sus páginas interiores. El peligro para los habitantes de San Sebastián, según éstas, estaría llamando ya a las puertas: “en los próximos 50 años el nivel del mar subirá, en las costas donostiarras, aproximadamente 20 centímetros”, es decir, ¡menos de un palmo!

Para observar las cosas desde otra perspectiva (¡de acuerdo: quizás me estoy engañando!) voy a echar una ojeada ahora mismo a la visión técnica, climatológica, de Antón Uriarte, a ver si así logro despachar, de una vez por todas, a estos malditos fantasmas. Antón nos deja de regalo una fotografía de un día de oleaje de 1931, en la calle Aldamar de Donosti, donde podemos ver cómo el personal corre a protegerse de las aguas, mientras un hombre avispado trepa por la superficie de una farola y otea el horizonte.

Así podemos hacer también nosotros. Mientras los científicos discuten, las empresas se forran y los políticos ultiman estrategias, podemos ir buscando una larga y salvífica farola.

¡Idiota el último!

LA CONVIVENCIA QUE VIENE

Un ejemplo más de juego con marcas definidas y reglas propias. En el editorial del último número de la revista Serie B: “Todos somos parte del mundo –¿quién no lleva unas Nike? ¿Quién no es un poco superficial?-, y ninguno estamos libres del reproche”. Y más adelante: “¡Que le jodan a las reglas!”. Así, con la fuerza de lo evidente, el hecho ocupará un lugar privilegiado en los inicios de la historia secreta del siglo XXI. Y Greil Marcus, o alguno de sus discípulos, dibujará con ello el mapa desconsolado de la última batalla.

Rastros de carmín, entonces y ahora, a través de la ventana gelatinosa de la mirada. Apenas 500 metros hasta la cancha de basket (una de las causas, al parecer, del conflicto) y no consigo visualizar con nitidez el porqué de todo este asunto. ¿Racismo, equipamientos sociales, paro, educación pública, convivencia? Confirmo con ello mi confusión y una constante que señala acertadamente, a propósito del seísmo, el sociólogo Vicente Verdú: como en éste y en otros casos “el máximo grado de información posible coincide con el ínfimo nivel de comprensión”. Los chicos siguen señalando el comportamiento delictivo de determinadas bandas urbanas como causa única de los disturbios, pero no parece que este hecho justifique por sí sólo un estallido de violencia como el sufrido la semana pasada. Los responsables políticos, por su parte, no dejan de declarar que estas bandas no existen, al menos en Alcorcón. Aunque mucho me temo que determinadas informaciones vendrían a demostrar precisamente lo contrario.

Si estamos ante un grave problema de convivencia esta es una señal que no debería caer en saco roto. De lo contrario, deberíamos ir pensando en Spike Lee para filmar estéticamente la que puede caernos encima. Soledad Gallego Díaz, periodista de El País, comentaba hace meses lo necesario de abordar planes serios de integración de inmigrantes ante la posibilidad de que su presencia coincida con una ralentización de la economía y ya sea demasiado tarde para apagar el incendio. Se preguntaba Soledad: ¿qué pasará con los centenares de miles que trabajan en la construcción si toca finalmente techo el modelo de crecimiento basado en el ladrillo?

Me temo que si preguntamos a los responsables políticos éstos contestarán convencidos que no hay porqué preocuparse, que todo está controlado. A sólo unos meses de las elecciones municipales, los políticos comienzan a actuar bajo el síndrome de los llamados “juegos de lenguaje”. Y, como señalaba hace poco Carlos Martínez Gorriarán, a propósito de una entrevista realizada al Presidente del Gobierno, cuando el discurso político va dejando de ser un “juego de lenguaje” coherente, ligado a ciertos fines, para convertirse en cháchara desarticulada sin otra finalidad que la conservación del poder, ocurre que “el mismo juego de la democracia, con sus reglas, se va haciendo imposible –pierde sentido- porque pierde ese lenguaje propio que lo hacía comprensible y público”. Quizás todo se esté exagerando un poco, de acuerdo, pero mil chavales no se juntan espontáneamente en una plaza para protestar como energúmenos ante un hecho supuestamente “aislado”.

Con Wittgenstein y los “estilos de vida” llegamos así a la soledad del “ciudadano de fondo” que asiste indefenso e indignado al espectáculo de la política como simple maquinaria del vacío. Y ya sólo queda captar el cansancio de la dura jornada diaria, después de la batalla, para dejar así testimonio de la insoportable levedad de la existencia.

TAT TWAN ASI

Indicios que pasan inadvertidos. Dirk Schulze-Makuch, profesor de geología de la Universidad Estatal de Washington, a propósito del tipo equivocado de vida: “El problema es que entonces no teníamos ni la menor idea de cómo podía ser el ambiente en Marte”. Por ello, las naves Viking que investigaron la superficie del planeta rojo en la década de los 70’ no podían explicar que se estaba cometiendo un pequeño asesinato.

Todo se hubiera aclarado mucho antes si se hubieran observado detenidamente las particulares condiciones ambientales de Marte: secas y frías; la vida –según Schulze-Makuch- podría haber evolucionado allí hacia una forma de fluido subterráneo formado por una mezcla de agua y peróxido de hidrógeno. Pero, claro está, la comunidad científica buscaba en aquel momento una forma de vida más reconocible, más parecida a la terrestre. Y esta tensión antropocéntrica impidió –siempre según Schulze-Makuch- reconocer la importancia extraordinaria de aquel descubrimiento. Las Viking, invariablemente, habrían realizado inútiles experimentos que habrían destruido, ahogado y recalentado los microbios refugiados en el peróxido de hidrógeno. Y estos habrían perecido, irremediablemente, bajo el manto inexorable de la ciencia.

Supongo que, de haberse encontrado con Dios (sí, con él, ¿por qué no?, allí mismo) en su firme camino de experimentación y asesinato, las máquinas experimentales de la NASA tampoco lo habrían reconocido. Todos sabemos que al género humano le cuesta mucho comunicarse y, si además se trata de un organismo vivo de aspecto extraño y oscuras propiedades, la cosa tiende a complicarse; Solaris de Stanislaw Lem da buena cuenta de ello. Aunque, de ser ciertas las versiones recogidas en determinadas visiones místicas todo podría reducirse a un simple asunto de introspección básica, a un programa iniciático de auto-conversación privada.

La interpretación del Vedanta, por ejemplo, destina a explicar el sentido de la divinidad y de esa “multiplicidad espacial y temporal de individuos observadores y pensantes” de la que todos formamos parte, ejemplificaría por sí misma nuestra presencia en el juego: “la pluralidad que percibimos –plantea la filosofía vedántica- es solamente una apariencia, no es real”. Y esto respondería a la pregunta científica que dejó sobre la mesa el prestigioso físico Erwin Schrödinger: “¿Qué es lo que justifica el que nos empeñemos tan obstinadamente en descubrir esa diferencia –la diferencia entre mi propio yo y los demás- cuando objetivamente lo que hay en todos es la misma cosa?”.

Escribió Schrödinger en La visión mística: “De modo que la vida que cada uno de nosotros vive no es meramente una porción de la existencia total, sino que en cierto sentido es el todo; únicamente, que ese todo no se deja abarcar con una sola mirada”. Lo que, sin embargo, me llevaría a mí, según esta formula, a enfrentarme con una nueva pregunta: ¿soy yo también entonces el microbio refugiado en el peróxido de hidrógeno y el propio peróxido de hidrógeno y la sonda Viking que acaba con el microbio refugiado en el peróxido de hidrógeno? ¿Y soy también la mano del psicópata, dura y nerviosa, y el propio cuerpo, aniquilado, de la víctima? ¿La mano que mece la cuna y, al parecer, la mismísima cuna?

Indicios que pasan inadvertidos, sí, y esto me provoca, quiera o no quiera, un malestar infinito.

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Al parecer, sólo quedan cinco minutos para el fin del mundo. Lo afirman los expertos del Bulletin of the Atomic Scientist y lo corrobora, muy seguro de ello, el célebre cosmólogo Stephen Hawking.

El noticiario de la violencia, a estas horas de la noche, no se detiene ni un momento. Sólo tengo que asomarme, ciertamente preocupado, a los sucios cristales de mi ventana. ¿Kale borroka? ¿Doppy Gomis y los chicos de Saint-Denis? Bueno, ésta es nuestra mejor versión de la violencia. Mejor no se asomen a la ventana.

RAZA DE LOS ENAMORADOS

Hay quien piensa que justamente ahí, ante ese contacto inesperado, comienza la filosofía. La muerte. Se piensa uno a sí mismo de nuevo y piensa al otro, al cuerpo que se extingue a nuestro lado, poco a poco, o que ha dejado ya de existir allí mismo, estérilmente, irreversiblemente. Pero la contradicción, a poco que observemos, nos ataca y lastima con una fuerza inusitada. “La muerte –escribió Wittgenstein- no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte”. Y Epicuro, en su Epístola a Meneceo, ya aconsejaba: “Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada…”

Sin embargo, nada hay que nos acerque más a la verdad de todo cuanto nos rodea. Más a lo inútil y a lo superfluo, a lo sagrado y a lo ingenuo; más a lo extremo y a lo oscuro, a lo imprescindible y a lo bello. Mi propia cercanía se me antoja ahora mucho más cálida, menos indefinida, menos neutra; pero son los demás, sobre todo, los que adquieren una categoría ciertamente olvidada. ¿Cómo pasar un día más sin ellos, en su compañía siempre, a su lado? “Alegrías y penas –escribe Francis Crick en La búsqueda científica del alma-, recuerdos y ambiciones, sentido de la identidad personal y libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y de moléculas asociadas”. ¡Y cómo añoras ese vasto conjunto cuando falta, cuánto desearías ese mundo de hermosas células, de carne maravillosa, de entrañables moléculas!

La contradicción se disuelve, ligera, proyectada de golpe ante el espejo. La ciencia a un lado y, al otro, impertérrito, el filósofo. Muerte del filósofo y fúnebre oración de despedida. “La muerte: en primer lugar, no la desaparición ni el no ser ni la nada, sino una cierta experiencia para el sobreviviente de la sin-respuesta”. Derrida a propósito de Lévinas. Y subrayo (porque aquí está lo que queda como eco único de la pregunta): experiencia para el sobreviviente de la sin-respuesta.

“Ved un campo de jaras –escribe el poeta-, y sentid los colores de esta tierra de luna…”

Así queda todo en la memoria a la espera de ese cuerpo, de esa respiración, de esa presencia.

Si es la raza de los enamorados la que habita esta tierra no es de extrañar entonces el amor correspondido.

Vuela el águila arriba, en los picos azules, imposibles, de la Sierra de las Villuercas.

Y si puedo sentir como en sueños la magia animista de ese vuelo, puedo seguir viviendo.

ESTOY EN PUERTO MARTE

Mañana de domingo, soleada, después de la batalla. Dos apuntes breves para medir el pulso de las manos, la fuerza vital de la escritura. La historia de Matilde Horne, o de Matilde Zagalsky, la traductora de El señor de los anillos, de Solaris o Los libros de Terramar, que ahora malvive, olvidada, en un asilo de ancianos de Ibiza. ¿El problema de Matilde? Como ella misma reconoce: nunca tuvo idea del valor del dinero. Y luego están las palabras, el hechizo prodigioso de las palabras. “Ahora escribo con la mente”, comenta Matilde en una esquina extraviada de la entrevista. Aunque luego –puntualiza- no quiere acordarse más de Tolkien. Necesita volver a casa –apunta Matilde-, no a la casa de las palabras.

Después de los regalos, de todos los regalos, recibo un último regalo. Las Crónicas del Ángel Gris de Alejandro Dolina. Me lo trae hasta aquí mi amigo Fernando, Fernando Flores, desde Córdoba, Argentina. En El reparto de sueños en el barrio de Flores brillan con luz propia, racional y científica, los Refutadores de Leyendas. “Se trata –nos cuenta Alejandro- de individuos terribles. Pasan la vida haciéndose contar viejas historias y mitos para luego demostrar su falsedad”. Y yo, aquí, en este mismo momento, le entrego a Fernando un ejemplar gastado de El bucle melancólico de Jon Juaristi, y la barra del Hard Rock se nos llena entonces de viejas historias y mitos absorbentes, de viejos poemas y estúpida melancolía. Hace una mañana soleada, luminosa y cálida, y seguimos acompañados por los miembros de la secta de los Refutadores de Leyendas. “Los Refutadores de Leyendas –concluye Alejandro Dolina- no se limitan a demostrar que el mundo es razonable y científico, sino que también lo desean así”.

¿Razonable y científico?, me pregunto. ¿Lógico, razonable y científico? Y aquí hablamos de Carlos Alonso Palate y de Diego Armando Estacio con palabras que usamos para no decir apenas nada, para no permanecer callados, para acabar con las palabras vacías. Aquí, en el calor de la teoría, las cosas son razonables y científicas; lógicas, razonables y científicas. Pero los asesinos de Carlos y de Diego no pertenecen a la secta de los Refutadores de Leyendas.

Escribe Charles Sanders Peirce en The Doctrine of Changes, parágrafo 2.654: “La comunidad… debe extenderse, aunque sea vagamente, más allá de su época geológica, más allá de su propio límite. Aquel que no sacrificaría su propia alma para salvar al mundo entero es, según me parece, ilógico en el conjunto de todas sus inferencias. La lógica radica en el principio social”.

Resumiendo: mañana de domingo soleada que acaba con humedad cerrada y niebla.

Por lo demás, estoy en Puerto Marte.

Sin Hilda.

MUÑECAS, FICCIÓN Y CALENDARIO

La madre matrioska, pintada en rojo vivo, brillante, guarda en sí misma las distintas versiones del hacedor, del aciago demiurgo, en el interior protegido de un cuerpo hueco, vacío, que se nutre a su vez de versiones repetidas de sí misma, de la madre matrioska, que esconde las posibilidades multiplicadas de la creación. Las oportunidades de encontrar algún sentido a la segunda versión de la madre matrioska, incluso a la tercera o a la cuarta madre matrioska, son mínimas. La matrioska más habitada de la que se tiene conocimiento –informa Wikipedia- posee setenta y cinco unidades. Pero yo estoy convencido de que es posible encontrar, en el interior de nuestra propia madre matrioska, un número infinito de versiones, de explosiones y nacimientos, por lo que nada ni nadie alcanzará jamás a la madre microscópica del sentido, a la pequeña matrioska base, y los que siguen intentándolo pierden el tiempo de la forma más ridícula.

Un ejemplo: yo acabo el año leyendo ciencia ficción y espero dedicarle bastante tiempo al género en 2007. ¿Motivos? Numerosos, pero no voy a extenderme ahora en ellos. ¿Qué explicaría o a quién servirían las posibles (infinitas) explicaciones? En una conversación de Hilary Putnam con Josh Harlan, acerca de la mente, el significado y la realidad, la matrioska visible acaba pareciéndose bastante a ésta:

“-Al abordar algunos temas –pregunta Harlan-, usted se ha referido ocasionalmente a creaciones de ficción como los robots de Isaac Asimov. ¿Qué papel puede jugar la ciencia ficción en la filosofía?

-La filosofía –contesta Putnam-, casi por definición, está interesada en explorar los límites de lo posible (Los límites del sentido es el título de una famosa obra de Peter Strawson). La ciencia ficción es una fuente fértil de escenarios, de posibilidades que podríamos estar tentados de pasar por alto. O al menos yo lo encuentro así.”

Y Michel Houellebecq, por su parte, convencido de que hay gente a la que convendría abandonar definitivamente el siglo XX, nos muestra otra muñeca mucho más provocativa y más peligrosa:

“En su gran período –comenta Houellebecq-, la literatura de ciencia ficción podía hacer este tipo de cosas: realizar una auténtica puesta en perspectiva de la humanidad, de sus costumbres, de sus conocimientos, de sus valores, de su existencia misma; era, en el sentido más auténtico del término, una literatura filosófica.”

Houellebecq nos habla de City, de Clifford Simak, y de algunos amigos suyos, por cierto, con los que no se lleva especialmente bien. La “puesta en perspectiva” de la humanidad –el ojo crítico- tiene estas cosas. Y Michel lleva demasiado tiempo buscando, en el interior de una muñeca invisible, las llaves del tesoro. ¿O era en el interior, vacío, de una matrioska hinchable de látex?

Mañana, si el tiempo no lo impide y la autoridad lo permite, acabaremos con el año 2006 y, si nadie lo remedia, comenzaremos un nuevo capítulo en las divertidas aventuras del calendario gregoriano. Ugo Buocompagni, más conocido como Gregorio XIII, estará orgulloso de nosotros, discípulos analógicos, aplicados usuarios de su herramienta. El calendario gregoriano –informa en esta ocasión la Wikipedia- atrasa cerca de 1/2 minuto cada año (aprox. 26 s. c/año), lo que significa que se requiere el ajuste de un día cada 3300 años; pero lo que verdaderamente me intriga es la magia incorregible del Papa Gregorio. De acuerdo, su herramienta se ha demostrado mucho más eficaz que la herramienta de Julio Cesar, el calendario juliano, pero ¿dónde diablos fueron, después de los preceptivos ajustes científicos, los hechos acaecidos entre el 4 de octubre y el 15 de octubre de 1582?

“Si se resuelve un misterio –escribe Sam Sephard-, el caso se archiva”. Pero si sigo buscando dentro de mi matrioska sigo encontrando misterios y nuevas matrioskas, sigo avanzando hacia adentro y descubriendo matrioskas desconocidas.

En fin, ésta es la última, de veras, la matrioska del tópico y de la tradición, la maldita matrioska de los buenos deseos y de los propósitos de año nuevo. ¿Aprender a escribir, como anunciaba, inocente, el 31 de diciembre de 2005? No, de verdad, no me hagan reír. ¡Yo sigo peleado con la gramática! Pero les juro que lucharé firmemente contra la fiebre bloghorreica y los excesos y pulsiones metablog. ¡Un paso adelante, dos pasos atrás! La única diferencia posible, ahora, se produce entre un escritor (écrivain) y alguien que escribe (écrivant), pero estas son cosas, mucho me temo, que no se aprenden (¡o sí!) en la blogosfera. Una muñeca (de Alain Finkielkraut) esconde dentro una matrioska de Foucault en lo que parece ser, ahora sí, la última matrioska:

“¿Y qué es un escritor verdaderamente moderno –se pregunta Finkielkraut-, plenamente vivo? Es precisamente un escritor (écrivain) y no alguien que escribe (écrivant). Mientras que el segundo atestigua, protesta, explica, enseña, en resumidas cuentas: escribe algo, el escritor, por su parte, escribe. Su actividad es intransitiva. Como dice Michel Foucault en Las palabras y las cosas, rompe con una elocuencia tendente por completo hacia una finalidad exterior al lenguaje a favor de un discurso que no tiene otra cosa que sí mismo para decir, que no tiene otra cosa que hacer más que centellear con el brillo de su ser.”

Así, finalmente, llegamos a la matrioska setenta y cinco, o mil novecientos setenta y cinco, o dos mil novecientos setenta y cinco. Y llega el momento de las felicitaciones.

Humán, mi querido humán: feliz 2007, de todo corazón, sinceramente.

Que cada palo aguante su vela y que la vela, profunda y misteriosa, nos aguante a todos.

HISTORIA UNIVERSAL DE LA POBREZA

Vi el video el sábado pasado, con la noche cubriéndolo todo, en ese programa sobre las consecuencias de la globalización que emiten en la segunda cadena de la televisión española. Creo recordar que era un video de Live 8, el proyecto de Bob Geldof. En él, una madre africana recogía grandes piedras diseminadas por la playa; después, cargaba con ellas hasta las puertas de la cabaña donde esperaban tres pequeños mocosos. Sin nada mejor que ofrecerles, la madre colocaba las piedras en una olla llena de agua, sólo agua, y acercaba ésta hasta el fuego, llevando a ebullición su contenido ante la mirada curiosa de los niños. Los niños, hambrientos, miraban ansiosos el vapor que subía, sinuoso, hasta el azul del cielo. La madre, mientras tanto, gritaba a los niños: ¡ya casi está la comida, ya casi!, removiendo una y otra vez el contenido del puchero. Al cabo de un tiempo, cansados ya de las mil y una vueltas que llevaban dadas las piedras, los niños se tumbaban en el suelo de la cabaña a la espera de tiempos mejores. Al final, el sueño acababa venciéndoles y la madre postergaba con ello los efectos del hambre, imaginativamente, heroicamente, hasta la mañana siguiente. El video no era más que una representación de una de las muchas situaciones que pueden darse en la pobreza de África o de otras muchas regiones de la tierra. Y aunque también puede tratarse de una vieja historia (tropiezo en la Red con una leyenda de la primera época del Islam donde Omar, Segundo Califa, encuentra en un suburbio de Medina a una mujer que, sumida también en la pobreza, utiliza la misma técnica y las mismas herramientas), lo importante es que sirve para recordarnos una realidad que no admite duda alguna: como resultado de la pobreza, un niño muere cada tres segundos, aproximadamente, en algún lugar del planeta.

“De gran importancia es la comida” dice Rabí Yojanán en nombre de Rabí Yossi ben Kismá (Sanedrín 103 b). Y Emmanuel Lévinas, entre las brumas de la difícil libertad, no ahorra esfuerzos para poner a nuestro alcance la primera lección, imprescindible, de este principio. “El hambre del otro –hambre carnal, hambre de pan- es sagrado” –escribe Emmanuel Lévinas-. Y nosotros tratamos de aprehenderlo, aceptarlo y memorizarlo. ¿A alguien se le ocurre algo mejor para llegar a entender esta enigmática vida? Aceptarlo… “Como si se debiese pensar –continúa Lévinas- en algo distinto que en saciar este hambre; como si toda la espiritualidad de la tierra no cupiera en el gesto de alimentar; y como si de un mundo hecho pedazos, nosotros tuviésemos otros tesoros que salvar que el don –que el mundo, a pesar de todo, recibió- de sufrir por el hambre del otro”.

A mediados de 1938, Albert Camus, periodista, publica sus primeras crónicas de cierta relevancia en el Alger républicain. Por esas mismas fechas, un corresponsal de L’Écho d’Alger describe las delicias de la Kabilia, en un trabajo que bien podría servir como guía turística (imaginaria) de la zona. Pascal Pia, responsable del Alger, decide entonces enviar a Camus a la Kabilia para que éste realice un retrato más realista de esta inhóspita región. La Kabilia es una zona superpoblada que sufre las consecuencias de una injusta colonización; sus mejores tierras han sido confiscadas hace tiempo por los colonos franceses y se ve obligada a importar trigo para alimentar a sus hijos, pero no tiene con qué pagarlo. La descripción de Camus se ajusta mucho más a la realidad de los hechos: “Misère de la Kabylie”, titula los reportajes, añadiendo a continuación: “Grecia en harapos”. Camus describe un grado de miseria desconocida para los lectores habituales del periódico, haciendo hincapié en algo que salta a primera vista: sólo la caridad permite sobrevivir a la Kabilia. En compañía de un amigo, Camus observa todo desde la cima de la colina que domina Tizi-Ouzou: “Desde allí –escribe-, veíamos caer la noche. Y, a la misma hora en que la sombra que baja de las montañas sobre esta tierra espléndida trae un descanso al corazón del hombre más endurecido, yo sabía en cambio que no había paz para los que, al otro lado del valle, se reunían alrededor de una torta de mala cebada”.

Ante el espectáculo de la miseria, Camus y su amigo no lo dudan: “Bajemos” –se invitan-, y todo se pone de nuevo en movimiento. ¿A alguien se le ocurre algo mejor para llegar a entender esta enigmática vida?, se pregunta un hombre que aspira a la rectitud, a la justicia. Aceptarlo… El arte, ahora, más allá de certezas o interpretaciones, carece de todo secreto: “También sabía lo dulce que habría sido abandonarse a este anochecer tan sorprendente y grandioso –concluye Camus-, pero esta miseria cuyos fuegos brillaban frente a nosotros nos impedía ver la belleza del mundo”.

A DAY IN THE LIFE

Un día en la vida, un día cualquiera. Mientras corrijo páginas invisibles pienso en las playas de California, más allá del límite, en zonas de mentes lúcidas, cuerpos desnudos. Mujeres con traje de baño caminan solas por la playa de su llanto. Luis Humberto Crosthwaite, nacido en Tijuana, titula así uno de sus cuentos, pero yo subo enseguida más hacia el norte, hacia Pasadena o Los Ángeles, dejo atrás la Baja California e intento escapar del llanto. Mientras tanto, le escribo a una mujer que sufre, hace apenas unas horas: “y cada mañana sale un sol espléndido –le digo- como un regalo que a veces no valoramos y otras veces no merecemos”. Lo hago con mucho cuidado, descansando en cada una de las palabras, acentuando el tacto. Y después abandono la pantalla, agradecido, y me refugio en las distintas versiones del mapa. Hoy es un día cualquiera, pienso, como todos los días, y éste es un mapa cualquiera. No sé lo que toca en estos días, me digo, pero sé perfectamente lo que no toca.

A la altura de San Diego las líneas de la costa dibujan las palabras GOOD VIBRATIONS; no he tomado drogas, lo juro, por lo que entiendo que todo esto sólo existe como un vulgar pretexto. Smile, “la sinfonía adolescente para dios”, suena ahora en extraños aparatos de radio. Y Brian Wilson vuelve a la vida menos enfermo, envuelto en una manta sucia de canciones y de arena, rodeado de animalitos domésticos y marcianos adictos a la cocaína. La línea es casi recta hasta Long Beach, pasando por Oceanside y San Clemente, pero empiezo a creer que ya no existen las líneas rectas. Lo normal, pienso, es que las cosas terminen curvándose, doblándose del todo, y por eso no puedo recordar cuándo escuché por primera vez Pet Sounds, con quién estaba saliendo entonces, ni la primera impresión que me causó escuchar aquello. Ante mí se extienden ahora las aguas del Pacífico, azules y cálidas, y puedo ver la imagen de mi rostro cuando apenas tenía dieciséis años. Cuando Brian escuchó Rubber Soul por primera vez lo tuvo bastante claro. Ahora, a cuarenta años de distancia, yo puedo escuchar Pet Sounds y establecer las conexiones que considere oportunas, sin importarme nada ni incomodar a nadie. ¿De Rubber Soul a Pet Sounds y de éste a Sargent Peppers? ¡Quién sabe! La máquina de la vida es también la máquina de la música y, a veces, cuando tenemos suerte, la máquina nos regala una canción inédita por cada curva del camino.

La reedición de un disco, remasterizado, es el equivalente tecnológico de la reedición de una parte importante de nuestra vida. Los cabrones, sí, somos cursis en el paraíso, a la altura de la curva de Long Beach, en el límite de las líneas, pero tengo muy presente que una mujer inteligente me lo recuerda siempre en el momento oportuno. Un día en la vida es un día cualquiera, pienso, y toda la esencia del asunto se encuentra resumida en cierto lugar de la enciclopedia: combinación de fragmentos distintos, sí, aunque suavemente complementarios; y ambiciosos proyectos de producción, preparativos complejos, innovadoras técnicas. Lo mejor, no obstante, como no podía ser de otra manera, el cacofónico crescendo final de la orquesta. Allí, alborotados, cantan los locos: “leí hoy las noticias, madre mía, cuatro mil agujeros en Blackburn, provincia de Lancanshire, y aunque los agujeros eran bastante pequeños, tuvieron que contarlos todos”.

¿Se imaginan ustedes un contador de agujeros? Ahora ya saben cuántos agujeros son necesarios para llenar el Albert Hall. Que nadie les prive de este glorioso espectáculo.

CONTACTO

¿Cuándo sabe uno (a ciencia cierta) que ha llegado la hora de abandonar al maestro? Si el maestro es sabio (y esto no ocurre muy a menudo), deseará en el fondo de su alma la hora de nuestra marcha. “¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! –escribe Nietzsche en Ecce Hommo-, ¡también vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo”. Pero, llegado este momento, también podemos preguntar adónde diablos se marcha el maestro y qué vamos a hacer nosotros, insignificantes, a partir de ahora. ¿Sabremos hacer las cosas como esperan aquellos que nos han conocido en los tiempos difíciles? Nietzsche, por si acaso, nos facilita esta interesante pista: “Vosotros me veneráis: pero ¿qué ocurriría si un día vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste una estatua!”

Algunas consideraciones sirven de base, ahora, para la comprensión de la nueva arquitectura. Cuando Albert Einstein señala que, a pesar de ser primitiva e infantil, toda nuestra ciencia, contrastada con la realidad, es lo más preciado que poseemos, está desarrollando un ejercicio de sinceridad y generosidad que no podemos esquivar ni dar por clausurado. Aquellos que piensan que nunca es tarde (si además, como se preveía, la dicha es buena), pueden y deben estar en lo cierto.

Harto de golpear, sin éxito, contra la jaula de hierro del lenguaje, uno busca los estímulos en las zonas más inesperadas. Por lo demás, tampoco hay de qué sorprenderse. En Tractatus Logico-Philosophicus (6.5) escribe Wittgenstein: “Respecto a una respuesta que no puede expresarse, tampoco cabe la pregunta. El enigma no existe”. Es decir, ni Wittgenstein se engaña a sí mismo, ni intenta engañar a nadie. Toda su mística es la mística de un hombre decente que, como muchos hombres antes que él, sueñan con ver en la oscuridad lo que no puede verse (porque ni siquiera puede ser preguntado, ni por tanto respondido). No cómo sea el mundo es lo místico –escribe Wittgenstein-, sino que sea, pero ¡ojo! El misterio no termina allí donde la ciencia juega a desvelar cómo es el mundo sino que, como bien señala Einstein, el hecho de que el mundo sea comprensible es el más incomprensible de todos nuestros conocimientos. ¿Por qué tendríamos entonces que dejar de hacer preguntas (las mismas preguntas, todas las preguntas), aunque tengamos sobre la mesa los relatos de la teoría de la relatividad o las versiones de la mecánica cuántica?

Por cierto, en Mundo Natural, de la escritora británica Justina Robson, he encontrado una descripción del explorador que creo puede responder a alguna de las preguntas que me hacía al principio. En la novela de Robson, Lonestar Isol, miembro de la especie de los Viajeros (en la clase de las nuevas subespecies humanas creadas por la manipulación genética y la nanotecnología), está a punto de morir “cumpliendo el objetivo de su misión y el sueño de su vida en un solo movimiento”. Una terrible explosión de materia orgánica compleja la agujerea sin compasión. Aquello, sin duda, no es un incidente de cometas y rocas, aunque entre los restos de la carbonización (de la herencia) un fragmento de tecnología convertido en un montón de escoria está a punto de quitarle la vida: “De este modo, Isol consigue el objetivo fundamental y tradicional de todo explorador, el contacto, y al hacerlo es asesinada accidentalmente por un nativo que lleva muerto mucho tiempo, antes de que se puedan hacer las presentaciones”. Isol, a menudo, piensa en sí misma en tercera persona: una forma más de considerar su insignificancia.

Analogía. A esto mismo me refería antes. El maestro lleva muchísimo tiempo muerto, incluso ahora también está muerto, y ni siquiera ha dado tiempo de hacer las presentaciones. El maestro, mi maestro, explotó hace muchos, muchísimos años, y sufrió además una expansión tan violenta como todas las posibilidades de la violencia. El sabor extraño a quemado, en nuestras lenguas, es el ejemplo claro de la carbonización, de la herencia. Cada uno de sus fragmentos ha forjado nuestro destino alimentando con sus enseñanzas cada una de nuestras ilusiones. Pero también, como en el caso de Isol, esa fuerza puede acabar con nosotros agujerando sin piedad el corazón de nuestro organismo. ¿Queda claro ahora el motivo justificado de la marcha, la razón que acecha en la oscuridad, la mano alargada del riesgo? Friedrich Nietzsche, un gran maestro (aunque no el único), supo ver a tiempo el destino inevitable de sus alumnos: “Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?”

PLANETA IRÁN

¿Quién está detrás de las noticias, de los dioses justicieros, de los locos siniestros que dirigen el gran negocio del miedo? ¿Qué sabemos nosotros de nadie, desde aquí, desde la sociedad del bienestar irritado, confundido, desde nuestra difusa e insignificante cápsula? ¿Qué nos cuentan los dueños de las pantallas, de las ondas radiofónicas, de los tabloides, qué versión de los hechos prefieren que ignoremos? ¿Podemos viajar hasta allí, hasta ese planeta, sin conocer la cultura, el idioma, confundiendo los términos, los conceptos? ¿A qué o a quién serviría? Y cuando todo empiece, si es que empieza, cuando alguien destape la caja de los truenos, ¿qué será de todos esos gestos, de todas esas miradas?

Valores universales. Mohammed Shams od-Din, Hafiz, habla de cosas sencillas, cotidianas, en ese lugar del tiempo (fuera del tiempo) donde los amantes del mundo son los dueños de su destino. “Este es la clase de amigo que eres: Sin hacer que me acuerde de la angustiosa historia de mi alma, te metes en mi casa de noche y mientras duermo, te llevas silenciosamente todo mi sufrimiento y mi sórdido pasado”. El poeta comparte el espacio junto al libro sagrado en todas las mesitas de noche. ¿Qué poemas elegirán sus lectores? ¿Precisamente aquellos donde Hafiz se burla de la hipocresía de los jefes religiosos? Me gustaría pensar que es así y me gustaría viajar hasta allí, hasta ese extraño planeta, para comprobarlo. Por cierto, ¿son todos los jefes religiosos del mundo tan estéticamente funestos?

Cuando Hans Magnus Enzensberger viajó a Irán, en noviembre de 2001, el enriquecimiento de uranio para energía nuclear, el llamado Programa Nuclear Iraní, que las autoridades iraníes utilizan ahora como parte de su plataforma política, no ocupaba todavía la primera plana de la actualidad informativa. Sadam Husein, aplicado, continuaba con las ejecuciones de presos políticos y presos de conciencia, decapitando o amputando la lengua a cuantos opositores se cruzaban en su camino. El 28 de enero de 2002, Newsweek informaba: se ha alcanzado un “consenso general” en el seno de la Administración Bush para un “cambio de régimen” en Iraq. La fecha prevista para el asalto final sería el principio del verano, a la conclusión del programa de “petróleo por alimentos”. Y, en España, mientras tanto, José María Aznar decidía por fin “bajar a la tierra”, a la vez que informaba sobre su decisión de no volver a presentarse a la reelección en los comicios del 2004.

Los días –cuenta Enzensberger en su crónica- son plácidos en Shiraz, en Ispahán. “En las calles de Teherán predomina una calma con la que Europa sólo puede soñar”. Irán es un país donde el ajedrez, un invento persa, está prohibido, donde cantar en público es un delito punible, donde afeitarse es un indicio de herejía. Aun así la gente se ríe de las normas y juega a vivir su vida al margen del poder establecido, como en muchos otros lugares del planeta. En ocasiones, leen a su poeta preferido y observan apasionados los fulgores de la carne. Otras, en cambio, cubren las cabezas con un pañuelo oscuro y, al llegar a casa, en un gesto privado, dejan a la vista la luz de unos ojos que miran sin ser vistos

Mahmud Ahmadineyad fue elegido presidente de Irán el 24 de junio de 2005 pero, en lo esencial, la vida no ha cambiado demasiado para la mayoría de los iraníes. Creo que, para nosotros, para aquellos que como yo quisiéramos aprehender los claros y las sombras de este extraño planeta, sigue vigente el consejo que Enzensberger dibuja en su crónica: “El que quiera entender algo de la grandeza y tragedia de esta cultura no debería adentrarse sólo en los discursos laberínticos de la política, sino también en las historias y poemas que escuchan los iraníes o ver las extraordinarias películas de Kiarostami, Majmalbaf o Majidi. De esta forma aprenderá más que en cualquier periódico sobre la ira y la esperanza, la depresión y la vitalidad de una sociedad a la que se juzga mal por mera estupidez. El que haga oídos sordos, y esto vale para ambas partes, no encontrará una salida fácil”.

Hoy mismo, cuando Seymour M. Hersh, periodista de The New Yorker, vuelve a la carga informando sobre la posibilidad de un ataque del presidente Bush contra el gobierno de Teherán, he acabado por pensar que mañana siempre puede ser peor, o que mañana, sencillamente, no existe. Para llegar a esta conclusión no basta con considerar que el presente pueda ser eterno. Hay sueños, a este lado, en la otra orilla, que comparten la misma voluntad y la misma escritura de la vida. Como ese sociólogo iraní que cita Enzensberger, es preciso aprender a habitar en la locura: “Esto puede durar todo un siglo. Pero somos un pueblo sufrido y no queremos ver sangre. Preferimos vivir en la esquizofrenia.”

CONEXIONES

¿Hay alguien que pueda conectar?
Patti Smith

La ciudad que se observa bajo la lente microscópica de William Gibson (lente de Neuromante) se asemeja bastante a mi ciudad. Night City: “un perturbado experimento de darwinismo social, concebido por un investigador aburrido que mantiene el dedo pulgar sobre el botón de avance rápido”. El valor de la velocidad es proporcional al peso desordenado de los combatientes, al espíritu de sus deseos; sus cálculos, agresivos, son cálculos lógicos, impuros, matemáticos. Y hay algo de locura en la mezcla de sudor frío y caro perfume francés que se funde en el encuentro de los cuerpos. Lo importante, a fin de cuentas, es cumplir con el protocolo. Night City: “los negocios eran allí un rumor subliminal constante, y la muerte, el aceptado castigo por pereza, negligencia, falta de gracia o atención a las exigencias de un intrincado protocolo”.

Llama Agustín desde Frigiliana, en el corazón de la Axarquía. La lluvia golpea con fuerza en la costa, cerca de Nerja, pero él y Susi están tranquilos, arriba en el monte, rodeados de tierra y árboles frutales. La temperatura es buena, pero han encendido la chimenea. El brillo y el sonido del fuego ilumina la soledad de las horas.

Los recuerdos más felices de Gerald Brenan, en Yegen, Granada, están asociados con el fuego de la chimenea. Cuando regresa cansado de largas expediciones: encender el fuego, preparar la comida mientras se lava y se cambia de ropa. El correo y un ejemplar del Nation; un café y leer y contestar la correspondencia. Luego, ya frente al fuego, lanzar un piorno y ver reflejados en las llamas los rostros distantes de los amigos. La versión de la felicidad más cálida trae consigo una leve sensación de añoranza; pero Brenan está feliz, ahora, frente al fuego, concentrado en aquello que echa en falta.

Richard Ford, George Borrow, Gerald Brenan. La lectura, a veces, provoca curiosas conexiones. Y las conexiones, como sabemos, acaban trasladando algo, indefinido, hasta alguna parte. Ahora se publica en España el producto de una de esas conexiones: Entre limones, de Chris Stewart, en Editorial Almuzara. El libro, “historia de un optimista”, cuenta las andanzas de Chris y Ana, su mujer, en un cortijo de Las Alpujarras, rodeados de perros, gatos, pollos, una oveja y un loro misántropo. Las aventuras de Chris se publicaron por primera vez en 1999 en la editorial inglesa Sort of Books con el título de Driving over lemons, An optimist in Andalucia, y desde entonces el libro ha tenido una acogida excepcional (varios meses en el número uno de la lista de bestseller en Reino Unido) y ha recibido numerosos premios. El libro de Stewart puede resumirse en esta frase: “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”, tan común como el sentido común de los alpujarreños, tan común como el sentido común de Chris Stewart.

Lejos de Night City los hombres se buscan a sí mismos, inquietos y divertidos. ¿Conflictos? ¡Claro! ¿Dónde vive el hombre sin conflictos? Bajo la lente microscópica de Manuel Talens, por ejemplo, también se refleja la crónica negra de los conflictos. Pero en tiempos de herencia, cambio climático y desarrollo sostenible, la historia de Chris resulta una hermosa historia. “Soledad, un paisaje bonito, Granada cerca y una buena vida familiar”, añade Stewart. ¿Televisión? ¿Teléfono? No, no es necesario. Chris leyó un día a Brenan y la literatura hizo el resto. Ahora sólo queda seguir las líneas de escritura de sus conexiones. Unen algo de su humildad energética con esta actividad irracional, devastadora, que apuramos hasta agotarnos.

LA LÍNEA DEL CIELO

Alguien tiene que hacerlo brillante, distinto, espectacular. Que nadie pueda quedarse al margen, que nadie pueda escapar al impacto. Es lo que denunciaba, hace poco, el arquitecto holandés Félix Claus: “el mundo se está llenando de bromas”. Persiguiendo al genio, el hombre busca colmar la ciudad de edificios únicos, geniales. Así, las ciudades, más allá de nuestras necesidades básicas, acaban pareciendo ridículas. Un sobresalto tras otro en giros inesperados, en cada esquina. Obras de arte irrepetibles en un universo recurrente de genios y obras de arte.

Sábado 11. Pabellón Villanueva del Jardín Botánico de Madrid. La experiencia maravillosa de los nombres de las plantas, de los árboles. También su presencia, insólita, al otro lado del ruido, de la contaminación, de la prisa. Árboles a salvo (de momento) de la voracidad de ese genio moderno que aspira a transformar el espacio y a crear una “obra maestra”. Carlos III de piedra, también se ríe; pero ¿dónde queda la gracia del asunto?

Por cierto, ¿cuál es el problema de los ciudadanos con relación a la ciudad, al espacio público, al espacio privado, a la vivienda? Como decía antes: Pabellón Villanueva del Jardín Botánico de Madrid: Arquitectura en España, hoy. La exposición, elaborada por el MOMA y organizada por PromoMadrid, presenta “los desarrollos arquitectónicos más significativos realizados en España del 2000 al 2005”. Terence Riley, comisario de la misma, nos da la bienvenida situándonos, oportunamente, ante el devenir histórico de los hechos consumados. Si en el siglo XI –recuerda Riley- hubo tal cantidad de construcciones, en Europa, que un monje llegó a exclamar maravillado que el mundo entero se había sacudido el polvo de los años para revestirse con un manto blanco de iglesia, mil años más tarde, en España, un manto de aeropuertos, museos, hospitales, bibliotecas, estaciones de tren, estadios, auditorios, estaría sacudiendo de nuevo “el polvo de los años”. Es lo que el público, en general, conoce coloquialmente como “burbuja inmobiliaria”, y es lo que los técnicos, ante la necesidad acuciante de tener que justificar lo injustificable, suelen señalar como “progreso”. Como bien apuntó Wittgenstein, nuestra civilización se caracteriza por la palabra “progreso”, pero el progreso es tan sólo su forma, no una de sus cualidades, el progresar. “Su actividad estriba –escribió Wittgenstein- en construir un producto cada vez más complicado”. A quién favorece la construcción de ese producto, o quién logra manejar el riesgo incontrolado de esa complicación, es algo que mantiene entretenidos a los sociólogos y a los programadores televisivos de novedades. Una techumbre de colores, como el casco luminoso de un payaso, cubriendo los latidos de un mercado de barrio, o unas escaleras mecánicas horadadas en el interior de una roca, son las formas posibles del progreso, las reglas de un juego peligroso que se edifica con los cimientos del genio. ¿Acaso observo la Torre Agbar sin tener la impresión de estar atravesando el sueño del arte? Colores de ciencia-ficción, colores sintéticos que encienden las alturas arañando la línea sagrada del cielo. Nada que ver con las necesidades básicas de los ciudadanos. Nada ver con ese trabajo “para cada día y para todo el mundo” que Félix Claus identifica con la honesta profesión de arquitecto.

CUANDO LLOVIÓ GENTE

Historias antiguas para tiempos extraños. Del “Yo me rebelo, luego somos” a la modernidad líquida, y de ésta y de la sociedad del riesgo global a la ética del hacker. Y, vaya, qué curioso, un discípulo de Pekka Himanen que escribe: “los hackers deben ser juzgados por su hacking”. Pero no vayamos tan deprisa. Todo viene a cuento de una posible reflexión sobre la necesidad de una fundamentación de los valores, del papel que juega el silencio en todo ello. Por lo que se deberán entender estas notas únicamente como lo que son: simples apuntes sin más valor que el valor que uno mismo está dispuesto a concederles.

Habrá vida después de las preguntas, pero esta vida no consiente, en ocasiones, una imagen regresiva de la inmovilidad o del asentimiento; son cosas marcadas por el tiempo y por los excesos de la geografía. Además, para una diferenciación teórica entre una ética que se juega dentro de uno mismo y una moral de la justicia, universal, perteneciente a la coerción sociopolítica, es decir, al derecho, siempre podemos acudir al especialista. José Pablo Feinmann, por ejemplo, distingue con dificultad la virtud improbable de una promesa electoral de la eficacia comprobada de los hechos, de la acción. ¿A qué juego de lenguaje pertenece decir no, Sr. Feinmann? O dicho de otro modo: ¿no debemos juzgar a un hacker por las consecuencias demostradas de su hacking? Y, sí, éste es el texto motivo de la polémica:

"¿Qué le hubiera dicho Sartre al derviche volteriano?

- No pienso callarme -le habría dicho-. Callar es aceptar. Aceptar es rendirse antes las cosas como son. Es negar lo propio del hombre, que es decir no.

La propuesta del derviche ha tenido ecos suntuosos en la filosofía. Wittgenstein, que es lo otro de Sartre, ha escrito en su célebre y celebrado Tractatus lógico-philosophicus: “El método correcto de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada más que lo que se puede decir, o sea, proposiciones de la ciencia natural -o sea, algo que nada tiene que ver con la filosofía-, y, entonces, cuantas veces alguien quisiera decir algo metafísico, probarle que en sus proposiciones no había dado significado a ciertos signos. Este método le resultaría insatisfactorio -no tendría el sentimiento de que le enseñábamos filosofía-, pero sería el único estrictamente correcto” (Alianza, p. 183). Y aquí Wittgenstein, concluyendo el Tractatus, dice la frase más conformista de la filosofía. Dice lo que decía el derviche cuando aconsejaba callar acerca de las calamidades del mundo.

De lo que no se puede hablar hay que callar- dice.

Si el método correcto de la filosofía es “no decir más que lo que se puede decir” y si lo que se puede decir son “proposiciones de ciencia natural”, estamos condenados al silencio. Ocurre que el hambre, el dolor, la injusticia, la muerte, la violencia, el sometimiento, no son “proposiciones de la ciencia natural”, sino realidades del mundo en que los hombres, complejamente, están. Sobre ellas dice su palabra el hombre de la rebelión. Cuya condición de posibilidad es negar el silencio, no dormir el sueño de los tontos y los sometidos. Despertar."

Historias antiguas para tiempos extraños. En Cuando llovió gente, Cordwainer Smith nos narra la colonización de Venus por parte de Waywonjong y del Goonhogo. “El cielo estaba lleno de gente. Caía como agua. Caía como lluvia”. Nondies, needies y showhices cayendo de las nubes. Los loudies reunidos en grandes rebaños y acorralados con los brazos de millones y millones de seres humanos. Porque, en sólo un día, ochenta y dos mil millones de personas cayeron de los cielos. Y Dobyns y Vomact estaban allí para contarlo:

"Dobyns y Vomact vieron bajar a un hombre sin cabeza. Las cuerdas del paracaídas lo habían decapitado.

Una mujer cayó cerca de ellos. La caída le había arrancado el tubo respiratorio de la garganta toscamente vendada, y la mujer se ahogaba en su propia sangre. Se tambaleó hacia ellos, intentó hablar pero sólo soltó un espumarajo de sangre y gemidos sofocados, y al fin cayó de bruces en el lodo.

Cayeron dos niños. El viento había desviado al adulto que los acompañaba. Vomact corrió a recogerlos y se los dio a un chino que acababa de aterrizar. El hombre miró a los niños, fijó en Vomact una mirada desdeñosamente inquisitiva, dejó los niños en el frío cieno de Venus, les echó una ojeada impersonal y echó a correr hacia otro lado.

Vomact indicó a Bennet que recogiera a los niños.

-Vamos –dijo-, sigamos buscando. No podemos encargarnos de todos ellos."

La historia no trasciende el uso privado de determinadas historias pero, a pesar de ello, uno puede imaginar una historia que naufraga en el momento de la exigencia de fundamentos. La cuestión, más o menos, sería la siguiente: ¿En qué se diferencia el silencio del militar chino de la acción silenciosa, sin fundamentos, de Dobyns y Vomact? ¿Vamos a echar una mano, a intentarlo al menos, aunque no podamos encargarnos de todo, o vamos a obsequiarles con una mirada desdeñosamente inquisitiva?

Una intuición básica, primitiva, da comienzo ahora a una actividad incesante: cada uno sabe lo que tiene que hacer, aunque decir no, por sí sólo, no basta. Escribió Wittgenstein en las Investigaciones: “Al nombrar una cosa todavía no se ha hecho nada. Tampoco tiene ella un nombre, excepto en el juego”. Y había escrito antes: “Si un día alguien escribiese en un libro las verdades éticas, expresando con frases claras y comprobables qué es el bien y qué es el mal en un sentido absoluto, ese libro provocaría algo así como una explosión de todos los otros libros, haciéndolos estallar en mil pedazos”.

Y yo me pregunto: ¿arderá de nuevo la biblioteca de Alejandría? Y, vaya, qué curioso, un discípulo de Pekka Himanen que escribe: “los hackers deben ser juzgados por su hacking”.

ENTRE EL HIELO Y LA TIERRA

La idea de un Big Bang personal, intransferible, de una gran explosión de imperfecciones que dé vida, inexplicablemente, a un nuevo universo, a un punto único desde donde poder explicar el origen y la evolución del mismo, resulta tan atractiva que me dejo apresar por esta imagen a la espera de tiempos mejores. Que todo queda para el esbozo y la autobiografía es algo que sólo intuyen los grandes (véase Cavell y sus notas sobre las Investigaciones Filosóficas), pero al menos puedo llegar a saber quién soy (o casi) y hasta dónde puedo llegar (con la ayuda inestimable de Immanuel Kant) y, por tanto, creo, no debo preocuparme. ¿O acaso debo preocuparme?

Sin salir apenas de Köenigsberg, Kant sufre numerosos y sorprendentes principios, explosiones formidables que alumbran universos imposibles, imprescindibles, que dan vida y misterio a experiencias tan esenciales como ésta: “La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el peculiar destino de verse acosada por cuestiones que no puede ignorar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero que tampoco puede contestar porque trascienden todas sus facultades”. Así, desde la Crítica de la razón pura, Kant dibuja un principio contundente, más que aceptable, y lo suficientemente honrado e inestable como para comenzar a trabajar humildemente, humanamente. En presencia de Kant, ahora, puedo preguntar sin disimulo: ¿Cuál es la naturaleza de la verdad, del conocimiento, de la racionalidad? Y más adelante: ¿Dónde está Wally?

Por lo que respecta a los materiales (autobiográficos, esbozos), estos se tratan con el mismo cariño con el que uno trata a sus hijos, y con la atención debida y el manejo de los tiempos que aconsejan los comisarios de arte. Juan Luis Moraza, escultor, profesor de Filosofía del arte y responsable de Tejidos. Óseos, pictóricos, arquitectónicos, aprendió de unos arqueólogos que trabajaban en las ruinas de la antigua Roma: “En la excavación se guarda todo. Tan valiosas resultan las joyas como la basura, porque ambas son restos que nos permiten investigar”.

Materia oscura y energía oscura se suceden en un juego inútil, interminable, de consecuencias imprevisibles. ¿Cuál es la naturaleza de la verdad, del conocimiento, de la racionalidad? ¿Dónde está Wally? Terry Eagleton, el teórico marxista autor de El Portero (autobiográfico) y guionista del Wittgenstein de Derek Jarman, opinaba así sobre el austriaco: “Algo en él delataba la nostalgia del hielo, donde todo es radiante, absoluto e inexorable. Y aunque se complacía en la idea de una superficie ruda, no podía decidirse a vivir en ella. Naufragaba así entre el hielo y la tierra, y no hallaba reposo en lugar alguno, y allí radicaba el motivo de su pena”.

¿Acaso debo preocuparme?